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Hercules C-130. Viajamos en el tiempo
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Hercules C-130. Viajamos en el tiempo
Reencuentros
Artigas, Base Científica Antártica Uruguaya
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Por fin estoy sentada en esa especie de redes que asemejan asientos en el Hércules C-130 chileno. Volamos casi unas 40 personas, entre los militares de la dotación del avión, los que van a la Base Militar Chilena Frey, algunos obreros que se dirigen a la Base Científica Chilena Escudero (ubicada junto a Frey) donde están ampliando un nuevo módulo, coreanos que cruzan a su Base King Sejong, y dos españoles: Adolfo y yo, que nos quedaremos en la Base Uruguaya Artigas.

Allí sentada, con el equipaje de mano bajo mis piernas, me ato el cinturón y observo la carga amarrada llenando casi por completo el interior del avión. Es ahora al comienzo de la estación de verano antártica, cuando más provisiones son necesarias para las Bases que han permanecido casi todo el invierno sin comunicación.

El ruido de los motores hace que en un primer momento los nervios, con fuerza, sigan anclados en mi interior, pero poco a poco una vez que despegamos y según transcurre el tiempo, parece que la calma me quiere acompañar. Por fin mi mente se relaja, mientras me invade esa sensación que nunca me abandona cuando cruzo a la Antártida, siempre creo estar realizando un viaje en el tiempo. Cuando el cruce es más lento en barco, puedes irlo asimilando con más tranquilidad. Pero cuando cruzas en avión todo parece precipitarse y entonces si dejas libre tu mente, el Hércules con el ruido ensordecedor de su interior se convierte en una máquina del tiempo que te transporta siglos atrás.

25… Ya han pasado tres horas, ¡¡llegamos!!..., girándome hacia atrás observo por una de las pequeñas ventanucas, enormes témpanos navegando libremente por las gélidas aguas antárticas. Ahí está, la isla de Rey Jorge, la zona del estrecho del Drake qué tan bien conozco ya con sus acantilados de hielo alcanzando el mar, la Base Chilena Frey, la Rusa Bellinsghausen, … no alcanzo a ver más, tengo que enderezarme en el asiento, vamos a aterrizar. ¡¡Zas!!, al tiempo que tomamos tierra, algo sacude fuertemente mi cara. Un repentino dolor intenso que poco a poco va cediendo, mientras me percato de lo ocurrido. Una caja de la carga que venía acomodada en una especie de literas ubicadas sobre donde nos encontrábamos sentados, se había soltado con el aterrizaje… y tuve la mala suerte que atinó en mi cara. Algo de dolor en las cervicales, la mandíbula, uno de los pómulos,… Parece que ha habido suerte, ¡no va más allá del golpe! Un aire fresco actúa como anestesia, haciendo que el dolor pase rápidamente a ocupar un último lugar, ¡las compuertas del Hércules se han abierto ya!, ¡de nuevo en la Antártida!