| SCÚAS |
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Para nuestros recorridos a la cuenca seleccionada del glaciar Collins, teníamos dos posibilidades: cruzar por el casquete helado o avanzar por los bordes, donde el glaciar ya se había retirado. Cada uno tenía su encanto. En el primer caso, avanzar continuamente por el hielo sintiendo el crujir del mismo bajo nuestros crampones era excepcional. Pero no siempre la meteorología nos lo permitía. En caso de niebla baja o ventiscas fuertes no era muy aconsejable, pues perdíamos fácilmente la visibilidad de las referencias, siendo envueltos por una especie de burbuja blanca que nos obligaba a recurrir a la brújula para avanzar casi a cada paso. De manera que teníamos que elegir entonces el camino por tierra, en los bordes del glaciar, donde éste ya se había retirado. En ocasiones casi al borde del mar, por los grandes acantilados sobre las playas antárticas llenas de fauna diversa, y en otras algo más al interior, cruzando los diversos ríos que atraviesan las morrenas del Collins. Había que tener entonces especial cuidado con las coladas de barro, provenientes de las morrenas, sobre todo en los días en los que la temperatura era más elevada y parecía fundirse todo. Cualquier precaución que tomáramos con el llamado "mollisol" era poca, pues con cualquier pequeño despiste encontrabas tus pies hundidos en él, y si no actuabas rápidamente tus piernas seguían hundiéndose. ¿Qué es el "mollisol"?. Son acarreos provenientes del glaciar, bastante irregulares en tamaño. Pero carecen de sustento, pues debajo de ellos hay agua, es una especie de fango. Este paisaje entre el borde del casquete glaciar y las playas, se ve adornado por una gran cantidad de líquenes que han ido colonizándolo poco a poco. Pero no son unos líquenes cualesquiera. Tienen tamaños de varios centímetros. Recuerdo lo sorprendida que me quedé en el 2000, cuando los vi por primera vez. Agarrados en las rocas y piedras sueltas, cubren el marrón con varias tonalidades de verde, que adquiere una imagen espectacular cuando la nieve cae sobre ellos. En medio de este hábitat como reinas y señoras, las scúas, sobrevolando a su antojo y protegiendo a sus crías. Primero lanzándote ataques desde el aire, sobrevolando a tu alrededor y cayendo empicadas sobre tu cabeza. Si de esta manera no consiguen alejarte, y perciben que continuas acercándote a sus crías, comienzan entonces a emitirles una especie de contraseña, pues si observas con atención, descubres que las crías se alejan sigilosas camufladas entre los enormes líquenes. Y hablando ahora de las scúas, no puedo olvidar el "ataque" que arremetieron contra Adolfo el otro día. Donde nos encontrábamos, por nuestra lejanía con las Bases, no habíamos podido comunicarnos por radio, ya en dos días. Pensábamos que quizás pudieran estar preocupados, sentimos el helicóptero sobrevolar por nuestra zona, y Adolfo se subió a una parte más alta en las rocas para ser visto desde el aire. ¿Qué ocurrió?. Debió de acercarse, sin percatarse, a un nido de scúas, pues rápidamente estas comenzaron a sobrevolar sobre él y sacudir fuertes picotazos en su cabeza. Como no conseguían nada, pues Adolfo olvidándose de ellas, sólo trataba que el helicóptero nos viera, una de ellas decidió en uno de sus vuelos rasantes, defecar sobre él. Incluso con el viento que había, tuvo una gran puntería, seguramente no era la primera vez que lo hacía, quedando Adolfo totalmente salpicado de la punta de la cabeza a la punta de los pies.
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